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Parece que China está frenando (pero por si acaso…)

Paulino Martínez Fernández

Los últimos datos macroeconómicos de China indican que la economía del gigante asiático se está frenando. La inflación alcanzó en junio su mínimo en los últimos dos años, tras haber bajado su banco central tanto el tipo de interés (en 50 puntos básicos) como el coeficiente de caja (el porcentaje de los depósitos que los bancos tienen que “guardar” como garantía) e inyectando liquidez en el sistema, como reacción ante los primeros indicadores de la desaceleración. Qué diferencia, ¿verdad?, con aquella subida de los tipos de interés de nuestro Banco Central Europeo en 2011, en plena crisis económica.

Pero no es la inflación el único indicador de una desaceleración. Sus importaciones y exportaciones, sobre todo sus exportaciones, crecen a unas cifras mucho menores que las de las últimas mediciones. Y, por si eso fuera poco, su PIB se suma a la fiesta de fin de ciclo y crece al ritmo más lento de los últimos tres años: un 7,6% en el segundo trimestre, que deja el crecimiento chino del primer semestre de 2012 en el 7,8%.

Podríamos detallar más las cifras, pero todo apunta a que el gran pilar de la economía china, las exportaciones, está comenzando a sufrir los primeros síntomas de cambio de tendencia. Lógicamente, porque dos de los principales destinos de las exportaciones chinas, Estados Unidos y Europa, tienen encendidos todos los pilotos de alarma de sus indicadores de consumo. Y, con el corazón de su economía tocado, también el consumo interior chino se empieza a ver resentido y ve cómo también disminuyen sus cifras de crecimiento.

Pero la reacción ante esos síntomas de crisis de los gobernantes chinos difiere en mucho de la de sus homólogos europeos (es cierto que llegan a la fiesta más tarde por lo que ya manejan datos acerca de cuál puede ser la reacción de la economía ante ciertas medidas) y apuestan por bajadas de impuestos que ayuden a evitar ese clima de miedo que se instaló aquí, allá en los años 2008-2009.

No sólo eso. También hablan de medidas de estímulo de la inversión privada, en especial de la inversión en nueva industria o en renovación de la existente. Y yo me acuerdo de las decisiones en materia de energías renovables tomadas a principios de año por nuestro Gobierno que –ojalá me equivoque pero por desgracia creo que no va a ser así– cercena las buenas perspectivas que teníamos de alcanzar, y mantener, el liderato mundial en esa industria.

Por otra parte, en Mayo de este año se hacía público el proyecto (puedes verlo –en inglés– en este enlace) de ampliar en una pista el aeropuerto internacional de Hong Kong (que actualmente cuenta con dos pistas). “Bueno, muchos aeropuertos se amplían a lo largo y ancho del mundo”, podríais pensar. Es cierto, pero la mayor parte del aeropuerto internacional de Hong Kong está construido ¡sobre una isla artificial! y, por lo tanto, ampliarlo supone ampliar, a su vez, la isla en la que se asienta. Imaginémonos el coste de este proyecto. Pensemos en la señal que está transmitiendo esa tremenda inversión, esa enorme apuesta, en un momento como el actual: “creemos que tenemos capacidad para seguir por el camino en el que transitamos en los últimos años, así que ahí vamos”, parecen estar diciéndonos.

Mientras tanto, en la vieja Europa desconfiamos de nosotros mismos (no es de extrañar; cada uno parece tirar en una dirección distinta) y nos hacemos cruces mientras rezamos para que la cosa no empeore. Creo sinceramente que hace años confundimos el número de infraestructuras con la calidad de las mismas, medida en términos de la cantidad de riqueza que puede generar. No se trataba de tener más aeropuertos, puertos, autovías, líneas de transporte ferroviario… Se trataba de que las que hiciésemos se usasen y se aprovechasen por su utilidad. No debimos preocuparnos tanto de la estética, a veces incluso dudosa. De igual manera, hoy el recorte por el recorte no debería guiar nuestros pasos: hay inversiones esperando muy necesarias y que pueden ser muy rentables incluso en el medio plazo. Viven en una economía dirigida pero los chinos, de nuevo, nos están ganando la partida.