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Rincón del Inversor: Participaciones Preferentes

David Pazos Carballal

Las participaciones preferentes proliferaron tras la normativa de Basilea II, en la que se permitían que ciertos instrumentos financieros aunque tuvieran la consideración de pasivos (es decir, deuda) computaran como capital para los ratios de solvencia. En la nueva regulación de Basilea III ya no se contempla este tipo de instrumentos como parte del capital.

La normativa de solvencia exigía tener un porcentaje de capital (o instrumentos que computaran como tal como las participaciones preferentes) que cubriera parte de los préstamos, hipotecas y otras inversiones bancarias para que sirvieran, en caso de morosidad, de colchón para absorber pérdidas.

Estos valores no estaban contemplados en la legislación española hasta el año 2003. Antes de dicha fecha se emitían a través de una sociedad instrumental, domiciliada en países como por ejemplo las Islas Cayman, etc., y filial de una entidad española que a su vez, actuaban como garante.

Bajo ese marco las entidades financieras comenzaron a distribuir este tipo de productos entre clientes minoristas no cualificados, cuando este se trataba de un producto financiero complejo. Tal y como nos comenta Eduardo Menéndez Profesor del área Economía Financiera y Contabilidad en el Departamento de Administración de Empresas de la Universidad de Oviedo, se ha producido un escándalo con las preferentes

Las participaciones preferentes son títulos de deuda perpetua, no vencen al cabo de cierto tiempo como puede ser un bono o una letra del tesoro. Se asemejan a una acción con la diferencia de que las acciones son remuneradas con un dividendo (que no está prefijado de ante mano), mientras que las participaciones preferentes tienen una remuneración prefijada de antemano, eso sí, esta remuneración se ve condicionada a que la entidad obtenga beneficios suficientes. Otra característica más de este tipo de producto es que en caso de quiebra de la entidad, los poseedores de participaciones preferentes estarían tan solo por delante de los accionistas para cobrar su deuda en caso de liquidación y muy por detrás de otro tipo de acreedores, como por ejemplo los depositarios.

Generalmente el rendimiento era mucho más alto que otro tipo de inversiones, de ahí su gran atractivo. Era habitual ver rendimientos del 7%, remuneración muy brillante que hizo que muchos clientes obviaran el riesgo que suponía la inversión.

La forma de recuperar la inversión en este tipo de instrumentos, al igual que con las acciones, es venderlas en un mercado secundario. En momentos de alta comercialización no había problemas, pues era fácil cambiar de manos este tipo de activos. Era habitual que tras comentar en la oficina bancaria el deseo de deshacerse del producto en pocas semanas se encontrara un comprador que estuviera dispuesto a pagar un buen precio por las mismas.

Bajo estas hipótesis los bancos pensaron que todo iría bien ya que era un producto muy bien remunerado y poseía cierta liquidez. Estas condiciones lo convirtieron en algo muy atractivo que se distribuyó masivamente, viéndose los empleados de las oficinas presionados para intentar colocar este producto financiero entre sus mejores clientes.

El problema surgió cuando el mercado de este producto quedó paralizado con la desconfianza hacia la banca, provocado por la oleada de fusiones y el rescate de varias entidades. Miles de clientes se vieron atrapados en una inversión que no podían recuperar (su valor en el mercado era muy bajo) y la situación de entrada en pérdidas de muchas entidades hizo que ni tan siquiera obtuvieran remuneración por las mismas. Prueba de ello son las actuales cotizaciones con pérdidas de hasta el 68%. Los clientes de este modo no disponían de sus ahorros ni obtenían remuneración alguna por los mismos. Entre tanta convulsión empezaron a surgir plataformas de denuncia y movilizaciones constantes ante la inexistencia de una solución.

Gracias a estas plataformas de denuncia, se han destapado casos en los que el producto fue mal comercializado, pues al ir las cosas bien se omitían detalles esenciales del mismo. Esto hizo que personas ancianas con muy baja formación financiera se hayan visto inmersos en este problema y se hayan sentido traicionados por las personas de confianza de la oficina bancaria de toda la vida. Muchas de estas personas creían que tenían sus ahorros invertidos en depósitos a plazo fijo de toda la vida.

Algunas entidades, buscando una solución a sus clientes, han canjeado estas participaciones preferentes por acciones u otro tipo de productos, generando así un rayo de esperanza a aquellos clientes que quieren recuperar sus ahorros, aunque en la mayoría de los casos estas opciones conllevan la pérdida de parte de la inversión. Este aspecto ha sido analizado en Oferta de canjes gracias a Basilea III de Lucía Estrada.

Muchos otros clientes siguen en la búsqueda de una solución, mientras tanto siguen sin disponer de un dinero que está cautivo en entidades bancarias, mientras que los antiguos dirigentes de las mismas se han marchado para casa con grandes indemnizaciones en sus bolsillos.