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Me gusta el Bundesbank como a Merkel

Alberto Fernández Alonso

Imaginemos un rincón oscuro de una calle de Frankfürt, hacia la media noche, tres personas en círculo y con cara de pocos amigos hablan entre sí muy bajo:

Aunque la situación anteriormente descrita podría formar parte del argumento de una novela policíaca, llevado a los elegantes despachos de nuestros gobiernos europeos, el asunto no difiere mucho de lo que ocurre en realidad. Tenemos por un lado a los gobiernos de España e Italia que desearían que el B.C.E. comprase toda la deuda pública y recibir la tan necesitada financiación, pero al otro lado tenemos a la canciller Merkel y su banco central que opinan que esa operación es como dar más droga a un drogadicto.

¿Por qué una y otra postura? Bien, en el caso español e italiano la compra por parte del Banco Central Europeo de sus bonos de deuda supondría una clara relajación en las tensiones de su mercado de deuda, lo cual se vería inmediatamente en los precios que deberían pagar en tipos de interés para su colocación y, en la percepción de su prima de riesgo que bajaría también.

La argumentación alemana tiene dos caras. Una, la defensa de una ortodoxia económica que pregona las ventajas de no convertir a un banco central en depositario de última instancia de la mala praxis de los gobiernos. Si el B.C.E. se dedica a comprar deuda de países que no han sabido comportarse para sacarles las castañas del fuego, nada impide que en el futuro, esos mismos países u otros, actúen otra vez de forma irresponsable y vuelva a darse el mismo problema. El otro lado de la moneda, es que gracias a la inestabilidad de los mercados de deuda español e italiana, el bono alemán se está convirtiendo, como casi siempre en situaciones de crisis, en un refugio seguro para los inversores, tanto es así que su demanda es tan alta que incluso está permitiendo financiarse a Alemania a tasas negativas.

Quizás el Bundesbank sea un defensor a ultranza de la ortodoxia económica, que lo ha sido, pero también nos hace dudar de si ese papel que ahora tanto defiende, no es una forma de ocultar lo bien que le van las cosas a Alemania en referencia a su deuda. Sin embargo, ambas posturas son perfectamente compatibles y caen dentro del papel que el Banco Central Alemán tiene asignado. El guardián de la política monetaria alemana antes de la entrada del B.C.E. ha sido siempre un halcón, es decir, un claro defensor del monetarismo más ortodoxo y con una clara misión centrada en el control de la inflación. De hecho, esa filosofía forma parte de la misma esencia del Banco Central Europeo, que ha heredado en sus estructuras y funcionamiento, mucho de la esencia del Bundesbank, Alemania no hubiese permitido que hubiese sido de otra forma. Además, la normativa del B.C.E. prohibe la compra de deuda pública directamente por el banco central, el artículo 123 (antiguo artículo 101 del TCE) del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea dice textualmente:

  1. Queda prohibida la autorización de descubiertos o la concesión de cualquier otro tipo de créditos por el Banco Central Europeo y por los bancos centrales de los Estados miembros, denominados en lo sucesivo «bancos centrales nacionales», en favor de instituciones, órganos u organismos de la Unión, Gobiernos centrales, autoridades regionales o locales u otras autoridades públicas, organismos de Derecho público o empresas públicas de los Estados miembros, así como la adquisición directa a los mismos de instrumentos de deuda por el Banco Central Europeo o los bancos centrales nacionales.

Se redactó así para mantener la independencia de los bancos centrales y que éstos, pudiesen llevar a cabo su misión de control de la inflación y estabilidad de los precios, sin interferencias de los gobiernos. ¿Por qué? Pues porque si llegado un momento, un Estado necesitase de financiación, ésta podría salirle gratuita solo con acudir a la máquina de imprimir billetes del banco central. Ahora bien, las consecuencias para la economía de dicha situación serían nefastas. Además, se intenta evitar lo que se llama un riesgo moral, es decir, que para solucionar un problema se aplique una solución que hace que los que causaron el mencionado problema no escarmienten y por tanto, no tengan reparo ninguno en volver actuar de la misma forma.