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Una aproximación a la teoría de la oferta (III): estructuras de mercado

Paulino Martínez Fernández

En las entradas anteriores de esta serie (I y II) hemos partido del supuesto de competencia perfecta para llegar a varias conclusiones interesantes:

  1. La curva de oferta de una empresa individual coincide con la curva de costes marginales para valores del coste marginal superiores al coste variable medio.

  2. Como la curva de demanda del mercado es plana -los economistas solemos decir que en este caso la demanda es perfectamente elástica-, el precio de mercado es un dato para los oferentes y éstos no tienen ninguna influencia sobre el mismo en el corto plazo. Por tanto, las empresas adaptarán su nivel de producción a aquél en el que el coste marginal y el precio de mercado coincidan.

  3. Si el precio de mercado o coste marginal de la empresa está por debajo de los costes variables medios de la firma, a ésta le compensa no producir ya que si produce pierde los costes fijos y parte de los costes variables, mientras que si no produce sólo pierde los costes fijos. Evidentemente, si esta situación se prolonga en el tiempo, los gestores de la empresa deben plantearse su liquidación.

  4. Si el precio de mercado o coste marginal de la empresa está por encima de los costes variables medios de la firma pero por debajo de sus costes fijos medios, la compañía debería producir, puesto que estaría recuperando todos sus coste variables y parte de los costes fijos. Por simplicidad, suponemos que la empresa es capaz de colocar en el mercado toda su producción por lo que usamos aquí producir y vender como sinónimos.

  5. Por último, si el precio o coste marginal de la empresa está por encima de los costes fijos medios -los cuales, por definición, son siempre superiores, o excepcionalmente iguales, a los costes variables medios-, la empresa debería producir -léase vender- ya que no sólo está recuperando todos sus costes, sino que está generando un resultado positivo.

Hoy nos plantearemos qué pasa si relajamos un poco el supuesto de competencia perfecta. Es cierto que hay muchos mercados que podemos considerar perfectos o en los que la competencia es perfecta. Técnicamente, un mercado es perfecto cuando presenta las siguientes características:

En la práctica es difícil encontrar mercados que cumplan todas estas condiciones teóricas. En concreto, podemos describir diferentes estructuras de mercado no perfecto como el monopolio o el oligopolio, los cuales pueden ser tanto de oferta como de demanda:

Es cierto que en la inmensa mayoría de los mercados hay muchos oferentes y muchos demandantes que no pueden influir en el precio ni en el nivel de producción del mercado. En estos mercados se da –o podría darse– la competencia perfecta. Pero también es cierto que los productores tratan, por ejemplo, de seguir estrategias de diferenciación de sus productos que hagan que a los consumidores no les sea indiferente comprar el mismo producto a otro vendedor –pensemos en el mercado de automóviles o en el de las cuentas corrientes y en los esfuerzos que hacen los fabricantes para fidelizar a sus clientes-. La estructura de mercado en estos casos se denomina competencia imperfecta.

Pero ¿por qué los participantes en el mercado pueden están interesados en que la competencia sea imperfecta o en conseguir un oligopolio o un monopolio? Pues porque así dispondrían de poder de mercado, es decir, de capacidad para alterar por ellos mismos el precio o la cantidad de equilibro, en su beneficio.

Pensemos en un monopolio de oferta. En este caso, al productor no le viene dado el precio del producto sino que el puede decidir subirlo o bajarlo, a costa –por supuesto– de una menor o mayor demanda, respectivamente. La curva de demanda ya no es perfectamente elástica, como sí lo era en competencia perfecta, sino que responde a cambios en el precio y este es el escenario en el que el productor monopolista tiene que maximizar su beneficio.

En competencia perfecta, un productor que quiera reducir su producción para intentar que suba el precio, verá como la disminución de su nivel de producción es inmediatamente asumida por el resto de productores que, al ser muchos, pueden absorber el exceso –pequeño exceso– de demanda generado dejando, por lo tanto, el nivel de producción de equilibrio inalterado y con él también el precio.

De igual manera, un consumidor podría pensar en reprimir sus deseos de compra para que la demanda bajase y con ella el precio, pero vería –en un mercado perfecto– cómo ese –pequeñísimo– exceso de oferta sería inmediatamente asumido por el resto de compradores dejando, de nuevo, en el mismo lugar el punto de equilibrio del mercado.

En definitiva, que todos los participantes en un mercado tratan de ganar poder de mercado, poder de negociación en su relación con proveedores y clientes, para aprovechar el mismo en beneficio propio. Pero un mercado en el que uno o unos pocos participantes dispongan de poder de mercado puede dejar de ser un mecanismo eficiente de asignación de recursos. El monopolio y el oligopolio son ejemplos de fallos de mercado en este sentido y eventualmente conllevar lo que se denomina el coste social del monopolio. Por eso las autoridades ponen tanto empeño en combatirlo –con leyes antimonopolio— o controlarlo —regulándolo–.