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Una aproximación a la teoría de la oferta (IV): el monopolio

Paulino Martínez Fernández

Imaginemos que nuestra fábrica de relojes, aquélla que utilizamos en la primera y segunda entradas de esta serie, pudiese operar en régimen de monopolio. Bien sea porque, por ejemplo, tiene la patente exclusiva de un nuevo modelo de reloj, o bien porque ha logrado diferenciarse suficientemente de sus competidores, o bien porque en Clockland –el país donde opera nuestra fábrica– todos los ciudadanos que deseen usar reloj deben usar por ley el mismo, que es producido precisamente por nuestra empresa.

En esta situación, nuestra fábrica puede elegir su nivel de producción y sabemos que, si reduce la producción, el precio de los relojes aumentará debido a la escasez de oferta. Lo que trataremos de hacer entonces es de verificar si nos compensa reducir el nivel de producción por debajo del que se daría en un mercado perfectamente competitivo –ved la entrada anterior para saber lo que es un mercado competitivo y la segunda entrada de la serie para ver cómo calcular el nivel de producción en competencia perfecta– forzando así los precios al alza.

Para esa comprobación necesitamos introducir un nuevo concepto: el ingreso marginal de nuestra empresa. Dicho de forma rápida, el ingreso marginal es el ingreso adicional que obtenemos cuando aumentamos el nivel de producción/venta –recordemos que, para simplificar, se supone que vendemos todo lo que producimos– en una unidad.

Como vimos, en caso de competir en un mercado perfecto, el ingreso marginal es exactamente igual al precio del producto, el cual, además, nos viene dado –somos precio-aceptantes– y es constante. En un monopolio, vender una unidad más supone una reducción del precio del producto, puesto que ahora la demanda ya no es plana sino que decrece conforme aumenta el precio. En el gráfico de la izquierda podemos ver cómo, si para cada precio ofrecemos una mayor cantidad de producto, el punto de equilibrio del mercado se mueve desde A hasta B, haciendo que el precio baje.

Lo malo es que esa reducción del precio afecta no sólo a esa unidad de producción sino a todas y cada una de las unidades producidas y vendidas. En efecto, los mercados pueden organizarse como mercados marginalistas, en los que todas las transacciones tienen lugar al precio de mercado –esto es lo que estamos suponiendo–; o como mercados pay-as-bid –las transacciones en la Bolsa, por ejemplo, se casan individualmente por cantidad y precio–.

Sabiendo cuál es el precio antes y después, P y P’ respectivamente, de incrementar en una unidad el nivel de producción, desde q hasta q’, podemos calcular el ingreso marginal como IM = P’q’Pq = P’q(PP’), con P’ < P. En definitiva: si incrementamos el nivel de producción en una unidad, el precio bajará –como hemos visto– y nuestro ingreso adicional, lo que se incrementa nuestra cuantía de ingreso total, será el nuevo precio menos la diferencia con respecto al anterior en todas y cada una de las unidades producidas inicialmente, q.

En nuestro caso, supongamos que el equilibrio inicial del mercado suponía que a un precio de 125 u.m. vendíamos 125 relojes. Incrementemos la producción en 1 reloj y veamos cómo ahora el precio cae a 124,50 u.m. Nuestros ingresos por ventas eran, al principio, de 125×125 = 15.625 u.m. Tras el incremento de producción serán de 126×124,50 = 15.687 u.m. El ingreso marginal de esa unidad adicional de producción será, pues, de 62 u.m. —menor, como vemos, al precio de venta del reloj–.

Pero es que las cosas podrían haber sido mucho peores. Si el precio de equilibrio tras el incremento del nivel de producción hubiera sido de 124 u.m. hubiera dado lugar a unos ingresos totales de 126×124 = 15.624 u.m. ¡Menores a los que obteníamos produciendo una unidad menos!

De todo esto tenemos que sacar en limpio que, en situaciones en las que disponemos de poder de mercado, ya sea como productores o como consumidores, un cambio en la cantidad que ofrecemos o demandamos va a alterar el nuevo precio de mercado, incrementándolo si la cantidad de equilibrio se ha reducido, o reduciéndolo si la cantidad de equilibrio se ha aumentado. Recordemos que esto no sucedía en competencia perfecta donde el precio venía dado y cualquier intento de alterar el nivel de producción sería inmediatamente absorbido por los competidores en el mercado.

Evidentemente, un productor monopolista tratará de hacer que el precio suba, reduciendo su nivel de producción, en tanto en cuanto dicha subida de precio compense la bajada de la producción.

No entraremos en las matemáticas –asequibles, en cualquier caso– que nos ayudan a concluir que, en régimen de monopolio de oferta, el equilibrio exige que el ingreso marginal y el coste marginal del productor monopolista sean iguales. Es decir, que un monopolio de oferta alcanzará el equilibrio en el punto en que IM = CM, punto en el que el precio que la demanda está dispuesta a pagar es superior al coste marginal (véase el gráfico que incluimos a continuación).

En la siguiente tabla, q representa el nivel de producción y, para cada nivel de producción, reflejamos la demanda (DD), el ingreso total (IM), el ingreso marginal (IM), el coste marginal (CM) y el resultado que obtiene la empresa.

qDDITIMCMResultado
7517513.12510077.931
8017013.60090128.360
8516514.02580198.709
9016014.40070278.970
9515514.72560379.136
10015015.00050489.200
10514515.22540619.154
11014015.40030758.990
11513515.52520918.701
12013015.600101088.280
12512515.62501277.719
13012015.600-101477.010

Si vemos el gráfico de la derecha, observaremos cómo el equilibrio del mercado, si este fuera competitivo, correspondería al punto de corte entre la curva de costes marginales del productor y la demanda, es decir, una producción de unos 125 relojes a un precio aproximado de 125 u.m. Pero, bajo la suposición de que nos hallamos en un monopolio de oferta, el productor –nosotros– puede reducir la producción al objeto de que baje el precio.

Acabamos de ver cómo el equilibrio en un monopolio de oferta se alcanza cuando el ingreso marginal del productor se iguala a su coste marginal. En la tabla anterior vemos que dicha igualdad se alcanza para una producción más o menos igual a 100 unidades, por cada una de las cuales los consumidores están dispuestos a pagar 150 u.m.

En el ejemplo vemos que:

Por todo esto, tradicionalmente se ha venido considerando al monopolio como un fallo de mercado ya que impide una asignación eficiente de los recursos, al menos tan eficiente como la que hubiera resultado de operar las fuerzas del libre mercado. Debemos darnos cuenta de que si el monopolista decide recortar su nivel de producción habrá una parte de la demanda insatisfecha y, además, el precio de equilibrio será superior al que la libre competencia hubiera determinado: el efecto neto de estas variaciones se denomina coste social del monopolio. Así, el regulador suele preocuparse bastante –con mayor o menor acierto– de controlar los monopolios y los oligopolios (en éstos, aunque la situación no es tan evidente como la del monopolio, es posible que los productores oligopolistas lleguen a un acuerdo –explícito o tácito– para fijar la producción y/o los precios, limitando así la rivalidad entre ellas; lo que se denomina colusión).

Con esto casi acabamos la parte de la teoría de la oferta dedicada al monopolio. Queda por ver únicamente las características de un tipo especial de monopolio, el monopolio natural, que se da en aquellos mercados en los que el monopolio es precisamente la estructura más eficiente desde un punto de vista económico. Pero este tema lo abordaremos en futuras entradas de esta serie.