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Compromiso por el empleo: un proyecto de todos para todos

Alberto Fernández Alonso

Una vez más, como desde hace ya muchos meses, nos levantamos con los desoladores y tristes datos de la Encuesta de Población Activa (E.P.A.) y un sentimiento amargo me embarga, no puedo remediarlo. Trimestre tras trimestre desde el año 2008, el número de parados no deja de subir y la tasa de desempleo parece empeñada en romper, mes tras mes, todos sus techos.

No voy a entrar en los números y las cifras, ya que cualquier medio en papel o digital las ofrece, acompañadas de un titular más o menos catastrófico, dependiendo del fuego al que se caliente el grupo editorial. Yo voy a hablar de un compromiso, del intento de establecer un pacto entre todos los implicados para demostrarnos y demostrar, que si queremos, podemos acabar con esa lacra del desempleo.

A este compromiso están llamados todos, desde los agentes sociales tradicionales (patronal, gobierno y sindicatos), hasta los autónomos, los propios parados, el sistema educativo y cada uno de los españoles y extranjeros que forman parte de nuestra economía. Pero aunque la voz llegue a todos, son los empresarios y la población activa los principales líderes del cambio.

Evidentemente no podemos cegarnos y obviar el poder que tienen patronal, gobiernos y sindicatos a la hora de marcar este proceso, pero su influencia, aunque crucial, no es definitiva. Porque el cambio de verdad debe producirse día a día, empresa a empresa, trabajador a trabajador y parado a parado. Si cada uno de nosotros, empresario y empleado (tanto ocupado como parado), es capaz de interiorizar y asumir su responsabilidad personal y su capacidad de transformación, patronal, gobiernos y sindicatos entrarán en el juego también.

No se trata de un proceso fácil, todo lo contrario, y mucho menos rápido, pero tampoco la situación que vivimos ahora lo es y parece que se niega a resolverse de manera veloz. Por lo tanto, entre dos realidades que tienen las mismas características de partida, una dificultad alta y obtención de resultados a largo plazo, quedémonos con la que nos ofrece un fin común y feliz para todos.

Y el primer paso para sellar este pacto es dejar el victimismo y las excusas. Se acabaron las lamentaciones sobre lo difícil que está el contexto, las enormes dificultades, los peligros, las trabas, los impedimentos y un largo etcétera. Todos y cada uno de nosotros somos responsables de con qué actitud nos enfrontamos a los hechos, pero hay más, también somos en gran medida los causantes de las situaciones que vivimos.

España tiene un porcentaje de PYMES superior al resto de economías de la Unión Europea, muchas de estas pequeñas y medianas empresas, entre las que incluyo a los autónomos, están lideradas por personas que conocen muy bien su trabajo, su empresa y su sector, pero desconocen los principios de una correcta dirección y gestión, no poseen conocimientos y técnicas esenciales para convertir esa administración en una labor profesional. Conozco multitud de pequeños empresarios y autónomos que ignoran conceptos tan importantes en el día a día de una empresa como los flujos de caja, ratios de tesorería, control de stock, políticas de ventas, acciones comerciales, estrategias de marketing, políticas de recursos humanos, etc. Muchos necesitan asesoramiento y ayuda, pero desconocen dónde pueden obtenerla y cuando la obtienen, otros tantos se encierran en sus viejas fórmulas simplemente por miedo. Recuerdo una frase que escuché durante mis estudios de M.B.A. por parte de un profesor, en España hay muchos empresarios pero muy pocos gestores.

Esa realidad tiene solución, APRENDER. Mantener viva esa llama de pasión e ilusión inicial cuando se ponían los primeros ladrillos del negocio, del sueño. No pretendo que todos alcancen a ser INDITEX, pero cuando el Sr. Ortega creó ZARA, no se conformó.

Los trabajadores, en los que incluyo tanto a los ocupados como a los parados, tienen también que cambiar su actitud. Una empresa de éxito no la construye solo un empresario, sino también las personas que trabajan en ella. Se acabaron las actitudes pasivas, el “cumplir mínimos”, el esquivar responsabilidades. Se acabó el no seguir formándose, el estancarse, el pensar que una vez firmado un contrato, nuestra responsabilidad se termina. También los empleados y parados tienen que APRENDER, pues cuantos más recursos tengan de su parte, menos posibilidades tienen de que les golpé el desempleo. Y por supuesto, abandonar la comodidad y el miedo. Un trabajo ya no es para toda la vida, por ello, hay que ganar en movilidad, tanto geográfica como laboral.

Comprobamos como de lo anterior, se desprende una idea, la importancia de la educación, por ende, de los colegios y Universidades. Se acabó el que la empresa no forme parte de la comunidad educativa a todos los niveles, el demonizar al empresario como el ser responsable de todos los males. No se trata de adaptar los itinerarios educativos dando cumplida cuenta de las exigencias de las empresas, pero sí diseñándolos y teniéndolos en cuenta en su debida medida. Se terminó el considerar la palabra “competitividad” como un sacrilegio y no fomentar el trabajo en equipo. Desterrar la idea de que la Universidad forma sabios y no buenos profesionales, de ignorar que están en un lugar privilegiado que es capaz de conectar por primera vez a futuros empleados con sus empresas.

Los gobernantes tienen en sus manos no la solución, pero si los medios para que ésta sea más rápida de lograr. Hay que terminar con las leyes de un mercado laboral que sigue anclado en el pasado, que impide la flexibilidad, la adaptabilidad y la innovación. Comprender que la mejor forma de legislar es mediante leyes negativas y no positivas, es decir, aquellas que nos dejan actuar libremente y sólo nos prohíben algunas cosas, frente a las que nos lo prohíben todo y solo regulan aquello que podemos hacer. Se acabó el despilfarrar y malgastar el dinero público, en creer que políticas económicas de deuda pública y déficit son soluciones óptimas, mientras miran hacia otro lado al ver como el dinero financia lo público y seca la inversión privada.

Un compromiso de todos para todos y que está en nuestras manos, esperando a que nos levantemos para llevarlo a cabo.