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Las evidencias empíricas a favor de la austeridad se vienen abajo

Paulino Martínez Fernández

Las corrientes económico-políticas dominantes en la actualidad van en la conocida línea de la austeridad a ultranza. Incluyo el complemento “a ultranza” para dejar claro que creo que la estabilidad fiscal, el equilibrio entre los ingresos y gastos del Estado, es importante pero creo que existen otras políticas para lograrla sin que sea a costa de los pilares básicos del Estado de Bienestar (véase por ejemplo esta reseña –y su continuación— del libro “No es economía, es ideología” de Economistas frente a la crisis).

Esas políticas de ultra-austeridad tienen su base teórica en la Escuela Austríaca de pensamiento económico y, en los últimos años, uno de los artículos más referenciados por sus defensores es el de Carmen R. Reinhart y Kenneth S. Rogoff “El crecimiento en tiempos de deuda” (“Growth in a time of debt“). En él, los autores analizan 3.700 datos anuales, provenientes de 44 países y a lo largo de 200 años, y concluyen que mientras la proporción de deuda con respecto al PIB se mantenga por debajo de un 90%, su influencia sobre el crecimiento, aunque negativa, es soportable. Pero cuando dicha proporción supera ese límite el crecimiento se ve afectado de forma muy perniciosa: en su estudio señalan caídas de más del 1%. Este artículo ha sido utilizado en diversas ocasiones en los últimos años para justificar la necesidad de imponer severos recortes en la economía.

Esta misma semana salía a la luz una crítica de la metodología seguida por Reinhart y Rogoff para analizar sus datos y, por ende, obtener sus conclusiones. Dicha crítica está firmada por Herndon, Ash y Pollin y su título no puede ser más claro: “¿La elevada deuda pública limita el crecimiento? Una crítica de Reinhart y Rogoff” (“Does High Public Debt Consistently Stifle Economic Growth? A Critique of Reinhart and Rogoff“).

Herndon, Ash y Pollin, encontraron diversos errores en el trabajo de Reinhart y Rogoff, entre los que señalan errores en la hoja de cálculo utilizada por éstos para su trabajo, exclusión selectiva de datos –en concreto, datos de países muy endeudados con tasas de crecimiento positivas dentro de la normalidad– y una cuando menos inusual sobreponderación de las estadísticas obtenidas para países muy endeudados con acusados crecimientos negativos –de forma que uno solo de dichos datos sólo podía ser compensado por varios años de crecimientos positivos normales para esos países–. Debido a estos errores, el trabajo de Reinhart y Rogoff establecía un crecimiento medio del -0,1% para los países con más de un 90% de deuda con respecto al PIB mientras que, según Herndon, Ash y Pollin, el dato correcto debería ser ¡un 2,2%!

No sólo esto debería suponer una revisión profunda de las evidencias empíricas a favor de la austeridad a ultranza –revisión que, por desgracia, mucho me temo que no va a ser rápida ni mucho menos– sino que demuestra que incluso con relativamente elevadas proporciones de deuda con respecto al PIB es posible crecer –o, al menos, históricamente esto ha sido así–. Como afirman los autores:

Al contrario de lo señalado por Reinhart y Rogoff, el crecimiento del PIB cuando la ratio de deuda pública sobre PIB es superior al 90% no se diferencia en demasía de las tasas de crecimiento en momentos en que la ratio se sitúa por debajo de ese nivel.

Es más, Herndon, Ash y Pollin, analizan en su artículo datos del período 2000-2009 encontrando que las tasas de crecimiento de los países sobreendeudados eran comparables y, en ocasiones, mayores que las de los países con un endeudamiento de entre el 30 y el 90 por ciento del PIB.

En cualquier caso, Herndon, Ash y Pollin quieren dejar claro que sus críticas al artículo original de Reinhart y Rogoff y las actualizaciones de sus resultados tras haber corregido los errores detectados, no deben ser entendidas como una puerta abierta al gasto público descontrolado ni al endeudamiento desbocado, pero, como ellos mismos afirman en el Financial Times:

El déficit público, cuando se controla de forma juiciosa, sigue siendo la única y la mejor herramienta que tenemos para luchar contra el desempleo masivo que causan recesiones tan severas como la que estamos viviendo.