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Balance del 2012 y expectativas para el 2013 (I)

Pablo Fariña

Nuestra historia

La Historia, Antigua y Moderna, se ha escrito a base de grandes cambios, a base de mucho sufrimiento, de batallas ideológicas, militares, políticas, incluso, el amor ha promovido grandes cambios.

Desde la Revolución Científica iniciada por Descartes y Galileo, como padres del pensamiento moderno Humano, pasando por el nacimiento de Roma en el 753 a.C. de la mano de los etruscos, o en el 27 a.C. dejando de ser una república y convirtiéndose en el Gran Imperio de César Augusto, hasta su caída en tiempos de Diocleciano, Roma ha sido el verdadero catalizador de lo que hoy conocemos como Sociedad Occidental, y de la contraria, la Oriental. Y ya ha transcurrido mucho tiempo. La caída del Muro, el 11-S, y más recientemente la convulsa Europa y creciente economía asiática, marcarán los nuevos tiempos.

Cambio en la vida moderna

Para nosotros, en nuestro entorno más cercano, deberemos ver este nuevo 2013, y los próximos años que le sucedan, como el gran momento de cambio de nuestra vida moderna. Tanto para los más jóvenes, que quizás tengan una esperanza de futuro, como para los de mediana edad o nuestros mayores. Para todos, y algunos lo recordaremos como más o menos agridulce, será anotado en las hojas que escribe nuestra historia como el momento del cambio. A pesar de las muy comentadas profecías sobre el fin del mundo, que no son más que un instrumento de fomentar algunas actitudes consumistas y alienación con líneas de pensamiento catastrofistas, lo que realmente estamos viviendo es un cambio en los hábitos y tradiciones, y mucho más en los modelos económicos actuales, que parece, ya no sirven.

Durante estos pasados días hemos tenido oportunidad de leer decenas de análisis políticos, de todos los colores, desde todas las perspectivas, de artículos de balance del año cerrado y de previsiones para el que ahora comenzamos. Yo quisiera centrarme en lo que puede significar, cómo hemos llegado hasta aquí y qué nos espera en el futuro. Es fácil reflejar lo que puede significar, puesto que deseábamos cerrar una etapa triste de nuestra historia reciente, una etapa de inmovilismo, de utopías mal entendidas, de objetivos equivocados, si es que había objetivos. Es la época de la mentira instalada en la vida pública, del engaño sistemático, y sobre todo, de tratarnos como borregos, de tratar de construir una Sociedad vacía de conocimiento, de educación, y del “sálvese quien pueda”. Esto, no es una Sociedad, es una pantomima, una necedad y una guerra sin cuartel carente de sentido.

Un largo camino

El camino hasta este punto ha sido largo, duro y muy oscuro. Basado en ciclos políticos muy lejanos, que algunos no recordarán, o no han vivido. Desde que se aprobaron las grandes leyes del desconocimiento, del desmembramiento de la Nación, y de un Estado Federal, que ni es Estado, ni Federal. Como en todo, o casi todo, nos han dejado siempre a medio camino. Hemos soportado ciclos socialistas y conservadores de proyectos incumplidos, inacabados, en gran medida porque les venían grandes, y hoy sus ideas son negadas una y otra vez por el resto de las sociedades vecinas, y no tan vecinas y que caminan hacia adelante. Y qué decir de la última etapa, que podemos comparar al “don erre que erre”.

Es absolutamente inconcebible que haya primado el egoísmo partidista, el egoísmo de querer escribir una página de progresía con un coste social inaceptable. Porque la sociedad la conforman las personas, a la que se han tragado con su hambre de protagonismo. Esta temporada ha estado plagada de anuncios de esperanza, para mantener, al más puro estilo franquista, a la sociedad contenta y capar cualquier atisbo de sublevación popular. Ese ha sido el opio dado al Pueblo, que como recordarán sentenció K. Marx. Todos albergábamos la esperanza de un cambio de ciclo, y seguimos anclados en el más absoluto inmovilismo y resignados, dirigidos, como ya he explicado en anteriores artículos, por entes foráneos, que dictan las estrategias a seguir en función de sus propios intereses, bajo la seña de la unión, unión que no existe ni en sus principios.

Ciñéndome exclusivamente a las cuestiones más cercanas a la economía, sin interpretar otras claves políticas, la cuestión sigue casi igual. De una gestión maniatada solo puedo destacar, una tenue reforma laboral y un control del déficit, pero utilizando los instrumentos erróneos, la presión fiscal exagerada a que nos someten. Atrás quedan olvidados objetivos incumplidos de gran calado Nacional, como son la imperiosa reforma de la Administración y del propio Estado, que de haberse llevado a cabo, habría proporcionado una fotografía bien distinta sobre la economía de España. De haber aplicado parámetros distintos, mucho más socialmente aceptados, no hubiese sido necesario el recorte por el recorte, y mucho menos en los servicios más básicos y tan necesarios. Dentro de los costes del Estado, tanto corrientes como incorrientes, ha primado la estrategia del amiguismo y de la dación de favores, en vez del bien común. Nada, casi nada, de lo verdaderamente urgente ha sido ejecutado.