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Contra viento y marea: Escuelas de Negocios y la profecía autocumplida del Homo Economicus

Alberto Fernández Alonso

Los refranes suelen ocultar en la mayoría de los casos un poso de sabiduría popular útil y práctico, uno de ellos nos dice que “no hay mal que por bien por venga”, es decir, que incluso en los peores momentos podemos sacar lecciones que nos reporten un beneficio. En la actual época de crisis, no son pocos los que opinan que uno de los principales culpables, por lo menos en el rol de impulsores, del origen de la misma son las escuelas de negocio y su modelo pedagógico y educativo. ¿Están en lo cierto?

Donde algunos sufren orgasmos intelectuales al oír nombres como Harvard Business School, Stanford Graduate School of Business, The Wharton School o las españolas Iese Business School, IE Business School o ESADE; otros sufren tremendos escalofríos como si se les mencionase el nombre de toda la corte infernal. Para los primeros son lugares de saber, aprendizaje y excelencia educativa; para los segundos, centros elitistas con la única intención de crear profesionales con una única meta, ganar dinero a toda costa, pese a quien pese.

Amalio Rey, responsable de proyectos en Emotools, parece que pertenece a los segundos. En su blog publica una entrada cuyo título es Escuelas de Negocios y la profecía autocumplida del Homo Economicus, en ella se muestra muy crítico con la ideología que él considera dominante en las escuelas de negocios, sobre todo en las de mayor prestigio, que precisamente lo han adquirido por ser las mayores defensoras y profetas de la misma. ¿Y qué ideología es esa?, la del “Homo œconomicus”.

Sin entrar en largas definiciones sobre el término, podemos decir que es una forma de ver la acción del hombre como un ser racional, capaz de procesar de forma adecuada la información de la que dispone y actuar consecuentemente. Esta visión suele ligarse con la economía neoclásica y algunos son incapaces de separarla de esa palabra tan usada y mal entendida como “neoliberal”. Por tanto, se considera que el “homo œconomicus” es la fiel imagen de esa cita de Adam Smith:

No es la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero la que nos procura el alimento, sino la consideración de su propio interés.

Pero ese “propio interés”, va mucho más allá del sentido reducido que los críticos de Smith entienden y mal traducen por egoísmo.

Desde esa concepción limitada de la idea de Smith, nacen las críticas de Amalio Rey a las escuelas de negocios, a las que acusa de ser los proselitistas del mercado, el capitalismo y toda esa ideología neoliberal que asola la sociedad actual. Para ilustrar su tesis, cita en su blog el siguiente texto:

Las críticas pueden llegar a ser muy duras, como las que hace Florence Noiville, periodista y economista graduada en la École de Hautes Études Commerciales (HEC) de París, que asegura que “en las escuelas de negocios el talento lo vuelven avaricia y devuelven a la sociedad tipos engreídos, cínicos y ajenos al bienestar colectivo”. Esta opinión coincide con el hecho cierto de que buena parte de los responsables del desastre financiero en el que estamos metidos desde 2008 son ejecutivos formados en esas instituciones.

Por supuesto, tampoco podía faltar Stiglizt entre los mencionados:

Según Joseph Stiglitz, esa crisis fue provocada sobre todo por una “disonancia entre los beneficios privados y sociales”, y éste es un problema que entra de lleno en las competencias educativas de las EN.

Lo que no soy capaz de entender es como esas personas tan críticas con el eletismo de las escuelas de negocio, hayan estudiado precisamente en las mejores escuelas y universidades, incluso entre la élite de la élite. La señora Florance Noiville en la Escuela de Altos Estudios Comerciales, una de las principales escuelas de negocios de Europa, y el señor Stiglitz, que comenzó sus estudios ya en un colegio privado exclusivo como el Amherst College y luego estudió en la Universidad de Chicago y el Instituto Tecnológico de Massachusetts, más conocido como MIT. Sólo puedo pensar que la motivación que los lleva a razonar así es que como Pareto describió en su teoría de las élites, la clase dominante hará todo lo posible por impedir el alzamiento de la nueva élite, incluso menospreciar el camino que les aupó a ellos primero. Eso si que es un igualitarismo bien entendido.

Pero si voluntariamente me pongo el velo de inocencia y la buena intención, como el autor del blog, y considero las palabras de sus citados como benevolentes, no puedo dejar resaltar un hecho curioso, y es que son los estudiantes de dichas escuelas de negocios, que supuestamente estarían influidos por la negativa ideología que éstas imparten, sus principales críticos. Esto me lleva a pensar que no son tanto los conocimientos que las escuelas imparten, sino los individuos y sus valores los que deciden como usar las herramientas y saberes que allí aprenden. El falsacionismo de Popper sería aquí claramente aplastante.

Sin embargo, yo creo que el problema va más allá, y se dan varias idas falsas, que yo llamaré mitos, sobre la filosofía de las escuelas de negocio.

La primera sería el mito de lo social o de pensar que cualquier palabra a la que se le ponga el adjetivo social, se convierte mágicamente en algo bueno y maravilloso. Ya Hayek decía en su libro La fatal arrogancia:

[…] la palabra “social” ha adquirido tal variedad de significados que carece ya de toda utilidad como medio de comunicación. […] las consecuencias negativas de su empelo resultan evidentes. En primer lugar, implica una concepción de la sociedad evidentemente falaz, […], a saber, que aquello que sólo es fruto de los impersonales y espontáneos procesos del orden extenso es en realidad fruto de una creación deliberada.

Así, esa disonancia de Stiglitz entre los beneficios privados y sociales no tiene sentido, porque todos los beneficios privados son sociales, porque es imposible crear un beneficio sin algo llamado sociedad, es decir, sin la presencia de otros. Todo beneficio privado es un beneficio social, pero lo que el economista estadounidense quiere decir con esa palabra, es que algunos beneficios privados deberían repartirse entre otros beneficios privados. A Stiglitz le preocupan los ricos, a mi me ocupan los pobres, porque deseo que sean ricos.

Además, estoy seguro que cuando ambos dan sus conferencias, charlas, congresos y cursos, además de las correspondientes clases en sus universidades de élite, no dejarán de cobrar sus generosos sueldos. Propongo yo que como verdadera labor social y ejemplo a seguir, podía el profesor Stiglitz aceptar el salario de una universidad pública norteamericana, se imaginan el tirón y el prestigio que dicho centro ganaría sólo con la presencia de un Nobel de Economía entre sus filas, ni los mejores argumentos en defensa de la enseñanza pública superarían ese acto. Pero claro, es mejor ver la paja en el ojo ajeno a la viga en el propio, así cuando a uno le tocan sus emolumentos, se convierte de repente en ese ser “smithtiano” que sólo busca su interés personal y que tanto repudian.

Las escuelas de negocio por tanto, cumplen con su papel social formando profesionales competentes y capaces de gestionar una empresa, que será capaz de satisfacer una serie de demandas y necesidades, creando empleo y riqueza. Y lo hacen muy bien porque ellas mejor que nadie, han entendido como cubrir una carencia que el mercado de las universidades no fue capaz de ver, la capacitación práctica en una serie de habilidades y herramientas de gestión empresarial.

El segundo mito es la carencia de conocimientos humanistas en las escuelas de negocios. Para comenzar, todo conocimiento es humanista, pues procede del hombre, independientemente que sea una ecuación que represente como una partícula gana masa de la física cuántica o el verso de un poema de Homero. La división, para mi inútil y estúpida, entre ciencias naturales o humanas, ciencias puras o letras, ciencias y humanidades es una de las ideas más peligrosas que pulula por ahí.

No hay por tanto, una carencia de saberes humanistas, pero incluso entrando a jugar con la cartas del autor, en las escuelas de negocio también se enseña filosofía, política, arte, etc. , aunque si bien es cierto desde un punto de vista que prima lo pragmático frente a lo teórico. Lamentablemente, la mayoría de los que defienden una enseñanza filosófica o humanista pierden de vista ese enfoque necesario de lo pragmático, dejando la pedagogía de esas materias en el terreno de las ideas, sembrando la semilla de la duda sobre la utilidad misma de impartir dichos conocimientos más allá del goce intelectual. Hay mucha más filosofía de la que nos han enseñado en la escuela, porque la filosofía también tiene su praxis, lo que potencian las escuelas de negocio es a no quedarse sólo en el mundo de las ideas, sino a llevar esas ideas a la práctica.

El tercer mito es del ejecutivo tiburón de las finanzas. Muchos de los críticos de las escuelas de negocios se han quedado en los años ochenta y la imagen preconcebida de los ejecutivos y financieros como el protagonista de Wall Street, Gordon Gekko. No soy un iluso y no voy a negar que algo de verdad existe en ese cliché, pero esa filosofía de negocios están más desfasada de los que muchos creen. Además de ser una imagen prototipo y falsa, pues al año salen miles de estudiantes de esas escuelas de negocio en todo el mundo y no todos cumplen ese fatídico destino de odio, egoísmo y ganas de dominar el mundo. El querer ganar más dinero no es en sí malo, lo grave está en ganarlo a través de prácticas ilegales o criminales.

Un discurso para mí, contrario al capitalismo, al mercado y la libertad individual que se sustenta en unos mitos falsos que unidos, por lo que puedo leer del artículo, al desconocimiento total del autor sobre las escuelas de negocio, dan como resultado una crítica sin sustancia ni fundamento pero que por lo general, ante mi sorpresa y desconcierto, suelen difundirse por la red como la pólvora.