Contra viento y marea: La trampa de la vocación, un camino directo a la miseria

Contra viento y marea: La trampa de la vocación, un camino directo a la miseria

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“Contra viento y marea” es la patente de corso que Capitalibre me brinda para abordar aquellos barcos que se acercan a sus aguas y obtener su botín. Sin piedad, a filo de sable y sin dejar supervivientes. Los miércoles olerán a sal, mar, pólvora y emoción. Si estás dispuesto a dejar la tranquila costa y enrolarte en mi navío, se bienvenido grumete, pero prepárate para luchar, pues no hay artículo suficientemente duro ni columnista suficientemente fuerte al que no haga frente.

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No puedo con los artículos manipuladores y mucho menos, contra los que usan titulares llamativos pero se quedan en fuegos fatuos a la hora del contenido. Y éste que yo traigo hoy para ser pasado por la quilla de mi barco, es uno de ellos, porque pocas veces un título ha ofrecido luego tan poco.

¿El reo? “La trampa de la vocación, un camino directo a la miseria” de Estaban Hernández y Luis Boullosa, publicado en el diario virtual “El Confidencial“. Me lo encuentro mientras devoro con ansia una tostada con mermelada de arándanos y arranco mi cuerpo con la gasolina del fuerte café que tengo al lado, un domingo lluvioso que invita a quedarse en casa y disfrutando de la lectura. Al acabar, río con malicia y me dijo, “ya has encontrado víctima para tu próximo abordaje.”

Esperaba un artículo con datos, ideas y reflexiones acerca de por qué seguir una vocación en lo referente a los estudios, era “un camino directo a la miseria”, pero lo que me encontré fue una serie de opiniones recogidas a diferentes personas, que si bien merecen todo el respeto del mundo, no dejan de ser eso, opiniones. Que además, caen en un vicio muy peligroso, pensar que la trayectoria vital que uno ha seguido es la que los demás van a recorrer por el simple hecho de elegir lo mismo. Ésto, además de ser falso, tiene el inconveniente de cargar con nuestros miedos, la decisión que otra persona hace, acto que no deberíamos hacer casi nunca.

Por ejemplo el testimonio de Gloria, periodista:

“¿qué sentido tiene meterse en una profesión que está en crisis absoluta y en la cual el ochenta por ciento vivimos como mendigos?” […] “ya no hacen falta más periodistas. Nos sobran abogados. Los arquitectos están todos de brazos cruzados o emigrando, y sin embargo la gente parece que no se ha dado cuenta. Se siguen empezando carreras sin sentido, se siguen recorriendo los caminos que nos han llevado a este desastre. Hoy en día, siendo serios, esas elecciones han dejado de ser una opción realista para encontrar un trabajo”.

O la de Luis, músico que trabaja de camarero:

“La vocación no es un concepto general. Dos tercios de los chavales no saben lo que quieren, y el resto quieren algo que les permita independizarse cuanto antes. La vocación suele ser un fruto tardío porque no se fomenta en ningún momento, así que sólo las más potentes fructifican. Hay que sacrificarse demasiado. Ponen demasiados obstáculos, y sólo unos cuantos van a poder conseguirlo, aquí y fuera. No poder ganarte el pan con una profesión determinada es un obstáculo definitivo. Aquí durante muchos años se nos machacó con que o eras abogado o te morías de hambre, y la verdad es que casi era así. Ahora los abogados se mueren de hambre también y no lo comprenden. Que se jodan”.

Una y otro caen en lo que ya he expuesto, pensar que mi elección me tiene que llevar irremediablemente, como si estuviese predestinado, al mismo lugar donde se encuentran ellos. Confunden además, formación con vocación y con profesión, tema que trataré más adelante, pero que ahora mismo afirmo que es una peligrosa y tremenda equivocación. Además, no puedo pasar por alto, por lo negativo de su mensaje y lo curioso también del mismo, la siguiente frase de Luis:

Hay que sacrificarse demasiado. Ponen demasiados obstáculos, y sólo unos cuantos van a poder conseguirlo, aquí y fuera.

¡Pues claro que hay que sacrificarse! ¡Pues claro que hay obstáculos! Pero una cosa es saber que es así y otra, darse por vencido antes incluso de intentarlo. Esa expresión, sin conocer el contexto vital de Luis, es la demostración de la peligrosa visión limitadora que uno puede imponerse, que no es lo mismo que conocer nuestros límites. No puedo dejar pasar la oportunidad para citar aquí la visión clara e iluminadora sobre la distinta concepción entre no conseguir un objetivo y el fracaso, de David Roncero, especialista en Inteligencia Emocional y coach:

¿No existe el fracaso en mi filosofía? Siendo estricto a ella la respuesta es no, para mí no existe el fracaso. De todo emprendimiento se puede sacar una lección y, según mi visión, ninguna puede ser un fracaso ya que, aunque no hayamos conseguido los objetivos, habremos aprendido nuevas lecciones para la siguiente vez que nos decidamos a actuar.

El sabor que deja el artículo es de un amargo miedo al fracaso, tanto que incluso para evitarlo, es mejor incluso no intentarlo. Ya no es que se nos diga, de camino a la victoria, perderás alguna batalla y podrás incluso acabar derrotado, sino que directamente predicen nuestro fracaso en la guerra. Y a esto yo no puedo más que decir que “NO”.

Si este tóxico pensamiento impregna en la mente de los futuros estudiantes de periodismo, por ejemplo, no tendríamos “The Huffington Post“, esa nueva forma de hacer presa y comunicación, o por ejemplo, el propio “El Confidencial” He aquí periodistas que buscaron nuevas formas de ejercer la vocación por la cual decidieron en su día, matricularse en una Facultad de Periodismo o de Ciencias de la Información.

Esta mirada tan pesimista de la vocación, se debe en parte, a pensar que la igualdad “formación = profesión” es cierta. Y no es de extrañar que esa idea esté presente en todos y la hayamos grabado a hierro y fuego en nuestra mente. La mayoría, la gran mayoría de las empresas de este país, siguen el mismo esquema al considerar que si uno ha estudiado, por ejemplo Filosofía, jamás podrá ejercer un puesto profesional fuera de su campo de estudio, como puede ser el caso de un técnico de marketing. Y esa forma de pensar el talento es producto de una actitud cómoda a la hora de clasificar y valorar el talento y la formación.

Las empresas en España no paran de repetir lo importante que es para cualquier puesto de trabajo, esa habilidad que describen como “ganas de aprender”, pero que realmente significa “no esperes que te formemos, todo lo contrario, esperamos que vengas tan formado que incluso estés sobrecualificado para tu puesto, nos da igual, no queremos tu talento ni tu creatividad, sino muchas horas de tu vida”. A lo cual hay que añadir la poca capacidad de visión más allá del título del candidato, que sigue pesando en un porcentaje muy alto más allá de cualquier otra cosa. Lamentablemente, se une también que muchos reclutadores desconocen por completo qué puede aportar un candidato con una titulación u otra.

Resumiendo, en la gran mayoría de las empresas españolas, sus departamentos de recursos humanos son vagos, cortos de miras y auto-limitados por una mentalidad basada más en la formación que en el potencial del candidato. Es fácil oír como muchos trabajadores intentan dar el salto de un sector a otro y se encuentran que tienen verdaderas dificultades, porque se valoran sus habilidades muy por debajo de su formación. Aunque comprendo, y es cierto, que determinadas profesiones exigen una serie de conocimientos específicos, como puede ser un programador, un desarrollador de modelos matemáticos, etc., es cierto que la mayoría de las posiciones en muchas empresas de niveles técnicos, están ocupadas por personas cuya formación supera con creces el puesto al cual están destinados. ¿De verdad es necesario tener a un Ingeniero en Informática con conocimientos en idiomas, en un puesto de programador introduciendo código únicamente? Eso es desaprovechar talento y habilidades.

No es de extrañar por tanto, que en todos nosotros, esté fijada esa ecuación tan nefasta de formación igual a profesión, igualdad que en otros países no comparten, países cuyos mercados laborales son mucho más flexibles, con más capacidad de adaptación, creativos y donde la aptitud importa menos que la actitud. Si uno conoce empresas norteamericanas, por ejemplo, no se debe extrañar en encontrar a filósofos, sociólogos, licenciados en humanidades, historiadores o filólogos desempeñando puestos administrativos o de gestión, mientras que en España, parece que ese terreno está vedado para licenciados en derecho, economistas o ingenieros, éstos últimos siempre bienvenidos.

En nuestras empresas no hay diversidad formativa, pero tampoco se comprende por qué debe haberla y, mucho menos, se entiende que uno es mucho más que la carrera que haya decidido estudiar. Nuestros departamentos de recursos humanos son más que nada, eso, un conjunto de personas que gestionan y administra un recurso más, sin entender que no se trata de cualquier recurso.

No quiero acabar este artículo sin una nota de esperanza, que además, está presente también en el artículo que condeno a la quilla. Se trata de las palabras de Lucía:

“Hay que educar a los niños de otra manera, fomentando su creatividad” […] “Y después, si nuestros hijos tienen que irse fuera”, apostilla Alicia, “ya lo harán. Se buscarán la vida, porque tendrán instrumentos para ello”.

No al miedo, no a las limitaciones, no a la derrota y al fracaso. ¡Gracias Alicia!

Archivado en Crisis, Educación, España
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