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La paradoja del ahorro o cómo una virtud puede convertirse en vicio

Paulino Martínez Fernández

En los últimos años, las circunstancias económicas han motivado que muchas familias hayan reducido de forma drástica su consumo. En no pocas ocasiones, por desgracia, forzadas porque alguno de sus miembros haya pasado a formar parte de ese inmensa masa de parados que, mes a mes, vemos cómo el gobierno de turno es incapaz de reducir. Y, en otras ocasiones, las menos, simplemente por falta de confianza, por miedo. Miedo, por otra parte, lógico ante lo que está sucediendo: empresas históricas de nuestro país se ven abocadas a presentar concursos de acreedores o, simplemente, desaparecen barridas por la crisis; expedientes de regulación de empleo por todas partes; locales vacíos en los centros de todas las ciudades…

La economía de un país puede ser analizada, desde un punto de vista macroeconómico, como un flujo de dinero a cambio de bienes y servicios entre diversos entes de la misma. Así, las empresas pagan salarios a sus trabajadores por el trabajo realizado, impuestos al Estado y dividendos a sus accionistas o inversores. A su vez, los trabajadores consumen el dinero recibido en comida, ropa, alquiler, ocio, automóvil… Parte de ese dinero, lo ahorran y ese ahorro lo depositan en entidades financieras que utilizarán esos fondos para efectuar préstamos o invertir en proyectos empresariales. El Estado, con los impuestos, construye infraestructuras, mantiene lo que queda del Estado del Bienestar, paga a los funcionarios… Los accionistas e inversores de las empresas utilizan los dividendos recibidos para su propio consumo o para invertir en nuevos proyectos y, también, para incrementar la cuantía de sus ahorros, si son personas físicas.

El descrito es un modelo de economía cerrada, sin relación con otros países. Si queremos incluir las relaciones de una economía con el exterior, sólo tenemos que tener en cuenta que el dinero sale de la economía como pagos a cambio de las importaciones; y entra como cobros recibidos por las exportaciones.

La renta de un país, lo que genera un país, su PIB, puede ser dedicado entonces al consumo, a la inversión o al gasto público en una economía cerrada. En una economía abierta, tendremos que añadir el saldo neto de las exportaciones, es decir lo que pagamos por las exportaciones menos lo que recibimos por las importaciones.

Si llamamos Y a la renta, C al consumo, I a la inversión, y G al gasto público, podemos escribir lo que se conoce como la identidad de la contabilidad nacional –en una economía cerrada–: Y = C + I + G. En esta identidad –ecuación que debe cumplirse siempre–, la parte izquierda representa el valor de la producción de un país y la derecha representa en qué se gasta ese valor. Si ahora pensamos en lo que viene sucediendo en los últimos años –caída del consumo, menores inversiones y recortes en el gasto público– nos daremos cuenta de por qué es tan difícil que la economía, el PIB, crezca a una tasa adecuada para generar empleo.

A partir de la identidad de la contabilidad nacional podemos obtener el ahorro nacional (S) como S = YCG = I. Si ahora llamamos T a lo que pagan los particulares al Estado en concepto de impuestos, podemos reescribir el ahorro nacional como: S = (YTC) + (TG) = I.

En efecto, el ahorro privado es la parte de su renta que no dedican al consumo ni pagan en impuestos (YTC) y el del Estado, o ahorro público, es la parte de sus ingresos –los impuestos– que no dedica al gasto público (TG). Como vemos, el ahorro nacional tiene que ser igual a la inversión, a lo que la economía crece por la fabricación o construcción de bienes duraderos –automóviles, edificios, infraestructuras…–.

Si analizamos el ahorro privado, vemos que este crece si aumenta la renta que reciben los particulares, o si disminuyen los impuestos –no la tasa de impuestos sino lo recaudado por el Estado–, o si disminuye el consumo. El ahorro público, por su parte, crece si suben los impuestos o si disminuye el gasto público. De nuevo, analicemos qué viene pasando en los últimos años como consecuencia de la situación económica: la renta que reciben los particulares en muchos casos se ha reducido drásticamente y, en otros, se ha estancado o crece muy poco. Los impuestos han subido y el consumo ha disminuido. Aún así, la gente, por miedo, trata de ahorrar cada vez más y como, en general, no tiene influencia sobre la renta que percibe ni sobre los impuestos que paga, únicamente puede reducir su consumo.

Pero, si se reduce el consumo, con él también la producción, la renta nacional, se verá reducida, por lo que la situación económica empeorará y la gente querrá, de nuevo por miedo, ahorrar más. Pero cada vez serán menos los que puedan ahorrar y el ahorro privado, como consecuencia de la reducción generalizada en los ingresos, será, en conjunto, cada vez menor. Tan bajo que ni siquiera el Estado aumentando la presión impositiva y reduciendo el gasto público, puede compensarlo porque, aunque aumente la tasa de impuestos, la cantidad que recauda es cada vez menor debido a la caída de la producción de bienes y servicios y, para más inri, al bajar el gasto público está provocando que esa caída en la producción se acentúe cada vez más.

Y esta es la conocida como paradoja del ahorro. Una situación en la que, ante una recesión, todo el mundo actúa queriendo ahorrar más por si acaso, pero esta actuación, en vez de ser positiva para la economía, la deprime cada vez más y, por otra parte, causa que el ahorro nacional sea incluso cada vez menor.